05 noviembre, 2009

La mejor fotografía de la década

La agencia Reuters ha creado una selección con 100 fotografías que muestran acontecimientos que han sucedido durante la última década.
En las imágenes elegidas por la agencia hay de todo un poco como en botica, aunque la mayoría de ellas nos muestran sucesos trágicos.
Puedes ver las imágenes pinchando sobre este enlace. Pide registrarse para verlas en una resolución mayor.



El diario La opinión de Tenerife ha creado con estas fotografías un concurso para saber cual es la mejor imagen de la década. En este caso si que se pueden ver las imágenes en alta resolución pinchando sobre ellas.
Pincha sobre este enlace si quieres participar en este concurso.



Si os ha gustado esta entrada tal ves os guste también cuales fueron las 120 mejores imágenes del 2008 según la agencia Boston.

04 noviembre, 2009

¿Fotografía en blanco y negro o en color?

Ya tenemos los resultados de la encuenta ¿Que tipo de fotografía consideras más artística en blanco y negro o en color?.

La encuesta ha estado activa durante 15 días y han votado 46 internautas, 29 de ellos (un 63%) consideran que la fotografía en blanco y negro es más artistica que la realizada en color, que sólamente ha obtenido 17 votos (36%).

Por lo tanto con los resultados de esta encuesta queda demostrado que la postura que yo defendía en la entrada "Silueta en blanco y negro" es la aceptada por la mayoría aunque eso no significa que sea una verdad absoluta.

Nota: Esta entrada estaba previsto que apareciese publicada ayer pero en el último momento fué sustituida por la noticia de la muerte del actor José Luis López Vázquez.

¿Que es una crisis capitalista?

¿Qué es una crisis capitalista?

Veamos en primer lugar lo que no es una crisis capitalista.

Que haya 950 millones de hambrientos en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.

Que haya 4.750 millones de pobres en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.

Que haya 1.000 millones de desempleados en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.

Que más del 50% de la población mundial activa esté subempleada o trabaje en precario, eso no es una crisis capitalista.

Que el 45% de la población mundial no tenga acceso directo a agua potable, eso no es una crisis capitalista.

Que 3.000 millones de personas carezcan de acceso a servicios sanitarios mínimos, eso no es una crisis capitalista.

Que 113 millones de niños no tengan acceso a educación y 875 millones de adultos sigan siendo analfabetos, eso no es una crisis capitalista.

Que 12 millones de niños mueran todos los años a causa de enfermedades curables, eso no es una crisis capitalista.

Que 13 millones de personas mueran cada año en el mundo debido al deterioro del medio ambiente y al cambio climático, eso no es una crisis capitalista.

Que 16.306 especies estén en peligro de extinción, entre ellas la cuarta parte de los mamíferos, no es una crisis capitalista.

Todo esto ocurría antes de la crisis. ¿Qué es, pues, una crisis capitalista? ¿Cuándo empieza una crisis capitalista?

Hablamos de crisis capitalista cuando matar de hambre a 950 millones de personas, mantener en la pobreza a 4.700 millones, condenar al desempleo o la precariedad al 80% del planeta, dejar sin agua al 45% de la población mundial y al 50% sin servicios sanitarios, derretir los polos, denegar auxilio a los niños y acabar con los árboles y los osos, ya no es suficientemente rentable para 1.000 empresas multinacionales y 2.500.000 de millonarios.

Lo que demuestra la superior eficacia y resistencia del capitalismo es que todas estas calamidades humanas ―que habrían invalidado cualquier otro sistema económico― no afectan a su credibilidad ni le impiden seguir funcionando a pleno rendimiento. Es precisamente su indiferencia mecánica la que lo vuelve natural, invulnerable, imprescindible. El socialismo no sobreviviría a este desprecio por el ser humano, como no sobrevivió en la Unión Soviética, porque está pensado precisamente para satisfacer sus necesidades; el capitalismo sobrevive y hasta se robustece con las desgracias humanas porque no está pensado para aliviarlas. Ningún otro sistema histórico ha producido más riqueza, ningún otro sistema histórico ha producido más destrucción. Basta considerar en paralelo estas dos líneas ―la de la riqueza y la de la destrucción― para ponderar todo su valor y toda su magnificencia. Esta doble tarea, que es la suya, la hace mejor que nadie y en ese sentido su triunfo es inapelable: que haya cada vez más alimentos y cada vez más hambre, más medicinas y más enfermos, más casas vacías y más familias sin techo, más trabajo y más parados, más libros y más analfabetos, más derechos humanos y más crímenes contra la humanidad.

¿Por qué tenemos que salvar eso? ¿Por qué tiene que preocuparnos la crisis? ¿Por qué nos conviene encontrarle una solución? Las viejas metáforas del liberalismo se han revelado todas mendaces: la “mano invisible” que armonizaría los intereses privados y los colectivos cuenta monedas en una cámara blindada, el “goteo” que irrigaría las capas más bajas del subsuelo apenas si es capaz de llenar el cuenco de una mano, el “ascensor” que bajaría cada vez más de prisa a rescatar gente de la planta baja se ha quedado con las puertas abiertas en el piso más alto. Las soluciones que proponen, y aplicarán, los gobernantes del planeta aceptan, en cualquier caso, la lógica inmanente del beneficio ampliado como condición de supervivencia estructural: privatización de fondos públicos, prolongación de la jornada laboral, despido libre, disminución del gasto social, desgravación fiscal a los empresarios. Es decir, si las cosas no van bien es porque no van peor. Es decir, si no son rentables 950 millones de hambrientos, habrá que doblar la cifra. El capitalismo consiste en eso: antes de la crisis condena a la pobreza a 4.700 millones de seres humanos; en tiempos de crisis, para salir de ella, solo puede aumentar las tasas de ganancia aumentando el número de sus víctimas. Si se trata de salvar el capitalismo ―con su enorme capacidad para producir riqueza privada con recursos públicos― debemos aceptar los sacrificios humanos, primero en otros países lejos de nosotros, después quizá también en los barrios vecinos, después incluso en la casa de enfrente, confiando en que nuestra cuenta bancaria, nuestro puesto de trabajo, nuestra televisión y nuestro ipod no entren en el sorteo de la superior eficacia capitalista. Los que tenemos algo podemos perderlo todo; nos conviene, por tanto, volver cuanto antes a la normalidad anterior a la crisis, a sus muertos en-otra-parte y a sus desgraciados sin-ninguna-esperanza.

Un sistema que, cuando no tiene problemas, excluye de una vida digna a la mitad del planeta y que soluciona los que tiene amenazando a la otra mitad, funciona, sin duda, perfectamente, grandiosamente, con recursos y fuerzas sin precedentes, pero se parece más a un virus que a una sociedad. Puede preocuparnos que el virus tenga problemas para reproducirse o podemos pensar, más bien, que el virus es precisamente nuestro problema. El problema no es la crisis del capitalismo, no, sino el capitalismo mismo. Y el problema es que esta crisis reveladora, potencialmente aprovechable para la emancipación, alcanza a una población sin conciencia y a una izquierda sin una alternativa elaborada. Se equivoque o no Wallerstein en su pronóstico sobre el fin del capitalismo, tiene razón, sin duda, en el diagnóstico antropológico. En un mundo con muchas armas y pocas ideas, con mucho dolor y poca organización, con mucho miedo y poco compromiso ―el mundo que ha producido el capitalismo― la barbarie se ofrece mucho más verosímil que el socialismo.
Por eso hay que auparse en los islotes de conciencia y en los grumos de organización. Cuba bloqueada, Cuba azotada por los vientos, Cuba pobre, Cuba incómoda, Cuba a veces equivocada, Cuba improvisada, Cuba disciplinada, Cuba resistente, Cuba ilustrada, Cuba siempre humana, mantiene abierta una tercera vía, hoy más necesaria que nunca, entre el capitalismo y la barbarie. Si no podemos ayudarla, podemos al menos ayudarnos a nosotros mismos pensando en ella con alivio y agradecimiento.

Autor Santiago Alba Rico Visto en La Jiribilla revista cultural cubana.

03 noviembre, 2009

Una gota de agua a 2000 fotogramas por segundo

En este vídeo grabado a alta velocidad podemos ver los efectos de la tensión superficial en gotas de agua que caen sobre el agua.

Cuesta creer como la gota se va dividiendo en partes más y más pequeñas y más aún ver como rebota sobre la superficie del agua hasta que finalmente desaparece en ella.

Realmente espectacular.....



Via Snotr

Jose Luis López Vázquez otro genio que nos deja.



Hace más o menos dos años por estas fechas recuerdo que hice una entrada para rendir un homenaje a un gran actor que nos dejaba: Fernando Fernán-Gomez.
Hoy quiero hacer lo mismo con otro gran actor que nos deja.....

Ayer nos dejó, tras una larga enfermedad,  José Luis López Vázquez. Su nombre quizás no les diga nada a las generaciones más jovenes, pero para los que ya tenemos unos añitos sabemos que hemos perdido a uno de los actores más grandes y prolíficos del cine español.

José Luis López Vázquez apareció en muy pocas películas como actor principal, el era un antidivo, capaz de decirle no a Hollywood cuando cuando George Cukor quiso llevárselo, prefirió quedarse con nosotros y hacernos gozar de su talento en sus más de 200 películas.
En este enlace podemos conocer como veía el actor algunos aspectos de la vida a través de sus frases.

A lo largo de su carrera recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes (1985), el Premio Nacional de Teatro 2002, el Goya de Honor 2004, además de la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo 1997 o la de Oro al Mérito en la Bellas Artes 2001.



Allá donde estés gracias por los buenos momentos que me has hecho pasar........

01 noviembre, 2009

Sus muertos más frescos

Este artículo apareció publicado en El Semanal el 30 de noviembre del 2003. Lo pongo en este blog porque coincido totalmente con lo que dice Arturo Pérez Reverte en él. En España hay gente tan gilipollas que todo lo que venga de fuera y sea juerga, cachondeo y hacer el gamberro sin que tenga consecuencias lo acoge con los brazos abiertos, se llame Halloween, San Patricio, Papa Noel o La puta de oros montada en bicicleta.
Cuanto daño nos hace la jodida caja tonta.......

SUS MUERTOS MÁS FRESCOS

Una noche, justo a principios del mes que ahora termina, me vi asaltado por un grupo de niños vestidos de familia Adams, las caras pintarrajeadas de colorines, túnicas negras y gorros de punta, que llevaban una calabaza y linternas. ¡Halloween!, gritaban los pequeños hijoputas. ¡Halloween! Y cuando me detuve, rodeado como Custer en Little Big Horn, un enano de unos ocho años, disfrazado de una mezcla entre Drácula y Rappel, me miró con mucha fijeza y, asestándome el haz de la linterna en el careto, espetó, amenazador: "¿Trato o truco?". Dudé, consciente de la gravedad del asunto. "¿Qué tengo que decir?", pregunté con el viejo instinto profesional de quien pasó veinte años por esos mundos, eludiendo controles de psicópatas uniformados y con escopetas. "¡Trato!", aullaron los pequeños gusarapos. Lo dije, y todos extendieron la mano. Resignado, hurgué en los bolsillos y compré mi libertad y mi vida a cambio de tres euros y cuarenta céntimos. Ojalá os lo gastéis en reparar la videoconsola, pensé. Cabrones.



Seguí camino, y a poco me crucé con un grupo de jóvenes y jóvenas, ya más cuajaditos, que pasaban tocando el claxon de sus Polos y sus Focus, vestidos de Freddy Kruger y gritando ¡Halloween! por las ventanillas. Y me dije: rediós. Lo que hace la tele. España. Primeros de noviembre. El país de los cementerios mediterráneos, de los huesos de santo y de don Juan Tenorio, donde nunca hubo una bruja suelta porque las quemábamos a todas. Y ya ves. Ahora todos vestidos de Harry Potter y haciendo el gilipollas.

Porque ya me contarán ustedes qué carajo tiene que ver lo de Halloween con aquí, la peña. Esa murga de la calabaza es costumbre anglosajona, creo, llevada a Norteamérica por los irlandeses rebeldes que su graciosa majestad británica deportaba a las colonias con redadas de putas inglesas, para que unos y otras se aparearan cual conejos, repoblando las tierras que el exterminio de los indios -ejecutado, claro, en nombre de la razón, la libertad y el progreso- dejaban vacías. Sí. Nada que ver con los sucios y grasientos spaniards, que además de colonizar por vulgar ansia del oro, preñaban a las indias y hasta se casaban con ellas, los degenerados, llenando América de sucios mestizos que ahora le oscurecen la piel y el idioma a los votantes de Arnold Schwarzenegger o de George Bush, mis aliados predilectos. Y que se jodan.

Pero me desvío del asunto. Y el asunto es que soy consciente de que, si leen esto, mis sobrinos van a decir que el tío Arturo es un antiguo y un fascista; pero qué le vamos a hacer. Tal vez vestirse como draculines, pedir viruta o caramelos o irse a bailar y soplar calimocho disfrazados de Chucky el Muñeco Diabólico sea más divertido. A lo mejor. Pero cada cual tiene sus gustos. Puesto a manejar calaveras, prefiero el día de Difuntos mejicano, que sí es hermoso, bellísimo como espectáculo y entrañable como conmemoración, lleno de tradiciones, de arte, de sentido y de respeto. Por favor. No me comparen a una pequeña Morticia gritando ¡Halloween! como una tonta del culo, con un crío mejicano que, junto a un altar de Difuntos barroco puesto por los familiares y vecinos en la casa, la calle, la iglesia o entre las tumbas del cementerio, te recuerda que es noche de Ánimas mientras pide un peso "para la calaverita".

Y es que yo nací hace cincuenta y dos años, cuando no había puta televisión que nos contaminara de imbecilidad gringa. Así que háganse cargo. Mi infancia, he dicho alguna vez, transcurrió junto a un mar azul, viejo, sabio como la memoria, en cuyas orillas crecían olivos y viñas, y por el que vinieron, desde Levante, las cóncavas naves negras, el latín, los héroes y los dioses: todo lo que, en cierto modo, siguió luego camino hacia México y otros lugares donde hoy se habla y se lee en español. Crecí educado en esa certeza, oyendo cada noche de Difuntos -entonces esa noche aún se llamaba así- recitar a mis abuelos los versos del Tenorio, y visité con mis hermanos y mis primos, cada primero de noviembre, cementerios blancos donde mujeres vestidas de negro arreglaban ramos de flores junto a lápidas con inscripciones resignadas y serenas. Lápidas en cuya lectura aprendí, mucho antes de leer a Jorge Manrique, que la muerte no es horror, sino descanso. Así que no les extrañe que, con semejante currículum en el saco marinero -el mismo que tienen muchos de ustedes-, cuando vea a los de Halloween y a la madre que los parió, me acuerde, como en la maldición gitana, de sus muertos más frescos.

Autor Arturo Pérez-Reverte visto en XLSemanal.