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05 enero, 2014

Reyes magos y reinas magas.



Creemos que los niños son gilipollas. Que no se enteran. Que podemos engañarlos con facilidad, haciéndolos cómplices de nuestros prejuicios, torpezas y limitaciones. Pero nos equivocamos. Esos diminutos seres con cara de panoli son formidables desarrollando intuiciones magistrales y conclusiones perspicaces. Su capacidad de observación, de intuición extrema y casi animal, su honradez intelectual incontaminada por las convenciones sociales que más tarde acabarán atrapándolos, son asombrosas. Nadie tan coherente, recto y tenaz como ellos al construir mundos propios y defenderlos, aplicar el sentido común, ilusionarse con desafíos, razonar sobre evidencias. Tan consecuentes y honrados, a veces hasta la crueldad, con el mundo que ven o creen ver. Tan próximos todavía a las reglas naturales de la vida; a esas realidades inexorables que los adultos aún no hemos podido hacerles olvidar, ni enmascarar y manipular estúpidamente para ellos. O más bien para nosotros. Para nuestra comodidad y sosiego.


Me hace pensar en esto una moda reciente relacionada con la cabalgata de la noche de Reyes: confiar el papel de Melchor, Gaspar o Baltasar a una mujer. Todo, naturalmente, como cuota políticamente correcta: un tercio de sus majestades de Oriente, para cumplir con el qué dirán. Lo que se traduce en señoras disfrazadas de varón, con barba, corona y demás parafernalia. En los días siguientes al último de Reyes, algunos lectores y amigos me hicieron llegar cartas con sus opiniones sobre la cosa; y algunos, incluso, recortes de prensa con otras cartas publicadas en periódicos locales. Comentarios jocosos o indignados, según el talante de cada cual: mucha chufla y algún cabreo, como el de esa madre cuyo hijo de seis años, embozado con bufanda y gorro de lana bajo los que sólo podían verse sus ojos atónitos, le zarandeaba una mano gritando: «¡Mami, mami, ese rey es una mujer!».

"Como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada. Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago"

No pasa nada, dirán algunos, por que un rey mago, incluso los tres, sea una mujer. Si ciertas señoras creen que su presencia ahí ayuda a conseguir más respeto para su sexo, pues oigan. Bendito sea. Adelante con los faroles. A fin de cuentas, una cabalgata de Reyes toca menos el rigor que el folklore. Puestos a disfrazarse y a dar espectáculo, sería como negarse a que en las fiestas de moros y cristianos, o en las de cartagineses y romanos -pura y divertida murga sana-, haya señoras que quieran salir de guerrero almohade o legionario romano. Allá cada cual con sus fiestas, sus disfraces y sus botas de vino. Otra cosa es cuando se trata de una reconstrucción histórica calculada y rigurosa, como Las Navas, el 2 de Mayo o la batalla de La Coruña, por ejemplo. Meter ahí a una señora de fusilero británico o de adalid navarro da el cante; quita credibilidad al asunto, porque en aquellos tiempos las señoras no andaban pegando tiros, asaltando trincheras ni dando espadazos a los infieles; y cuando ahora se escriben novelas o se hacen películas donde ocurre eso, tales películas y novelas suelen ser una imbecilidad perfecta.

El problema con los reyes magos es otro: la tradición se refiere a tres reyes varones. Y es la tradición precisamente, transmitida de padres a hijos, la que hace a los niños que aún conservan la inocencia adecuada esperar con ilusión la llegada anual de esos magos de Oriente, cuyos nombres y sexo conocen perfectamente, hasta el punto de que resulta imposible darles Baltasara por Baltasar. Y como los pequeños cabroncetes no tienen un pelo de tontos, en cuanto pasa por delante la carroza, huelen la tostada. Y se les fastidia así la fiesta, la ilusión, la fe en algunas cosas que, para bien de la Humanidad, es conveniente conserven durante el mayor tiempo posible, antes de que la vida les demuestre lo que hay bajo el cartón y el falso armiño de cada rey, mago o no mago. Y así, subida en una carroza, la reina Gaspara, o como se llame, puede que haga un favor enorme a la visibilización de la mujer; pero también estará reventando la ilusión, en su noche más hermosa del año, a millares de criaturas que, sintiéndose estafadas, se volverán a sus padres para denunciar, con justa indignación: «¡Papi, ese rey con barba es una chica!».

Así que ya pueden despedirse de la magia, nuestras criaturas. Darse por fastidiadas. En este país acomplejado y cobarde donde no caben un tonto, un sinvergüenza, un oportunista más, cualquier nueva idiotez triunfa que da gusto. Habrá polémica, claro. Sentido común versus matonismo ultrarradical. Acusaciones de machista intransigente a quien no trague. En consecuencia, las autoridades dispondrán cada vez más cabalgatas con la cuota adecuada de reyes y reinas, magos y magas, camellos y camellas, pajes y pajas. Todo sea por no discrepar. Y a los niños, pues bueno, pues vale, pues me alegro. A ésos, que les vayan dando.

Autor Arturo Pérez-Reverte

13 julio, 2013

Vivir sin Whatsapp.

Me he dado de baja del servicio WhatsApp. Lo aborrezco. Y no será porque lo intenté todo antes de llegar al extremo de anular mi cuenta. Primero fue cuando alguien ajeno a mi entorno más próximo empezó a controlarme a qué hora iba a dormir entre semana. No tengo porqué justificarme, acudo a reuniones periódicas que a menudo se acaban a la una o incluso más tarde de la madrugada. Anda, ayer de parranda, eh, que te desconectaste del guats a las dos de la noche... Busqué por internet si era posible esconder a qué hora usaba este programa. Lo encontré, lo desactivé y la cosa mejoró levemente. Volvía a disfrutar de cierta privacidad.

Más tarde fueron los malditos grupos a los que nadie te pregunta si quieres pertenecer y en los que te encuentras un día atrapado sin poder salir por lo que dirán si lo haces. El teléfono me sonaba a todas horas y me resultaba extremadamente molesto. Volví a recurrir a internet para ver qué podía hacer. Salir del grupo o silenciarlos. Salí de dos o tres intrascendentes y silencié el resto. Al cabo de pocas horas me reclamaban, cómo no, a través de WhatsApp, con cierto enfado, porqué me salía de tal grupo. En otro me preguntaban si estaba molesto por no escribir nada últimamente. No, respondo, simplemente es que me agobiaba atender cuando podía al teléfono y ver 100 mensajes pendientes de leer. Y me agobiaba más no leerlos y que después me exigieran explicaciones por no hacerlo.

"Vivir sin WhatsApp se ha convertido en una paradoja. Estamos fabricando personas conectadas permanentemente al mundo pero ajenas a la realidad que les rodea. Yo me atrevería a decir que en cierta forma estamos enfermando. Pero lo triste es que ahora mismo, para muchos, el único desequilibrado de esta historia soy yo.

La gratuidad de este programa ha derivado en un abuso de dimensiones colosales. En un grupo de 9 personas tenía que aguantar cerca de 30 mensajes de “Buenos días” y otros tantos de “Buenas noches”. Cada mañana y cada noche de cada día. Y fotos y vídeos de “humor” que se traspasaban cíclicamente entre grupos y usuarios que intuyo respondían a un afán de protagonismo de quienes los enviaban. “Ola ke ase” bajo la foto de un zopenco. Yo les hubiera dicho a mis contactos: Por favor, no me mandéis más mierdas, usadlo sólo para cosas importantes. Pero me hubiera buscado más enemistades, lo dejé para otro día.

El guardado automático de imágenes en el carrete del iPhone me jugó una mala pasada. Me enviaron una foto pornográfica. Muy pornográfica. La borré al momento pero se coló en mi iPhone. Gracias a la sincronización de imágenes de iCloud, se coló en mi iPhoto y al de mi mujer. Llevaba meses sincronizando imágenes sin saberlo y cuando un día me puse a mirar fotografías de mis hijos las encontré todas ahí. Y los miembros de mi familia que estaban mirando en ese momento, también.

La gota que ha colmado el vaso ha sido hoy por la mañana cuando una persona ajena a mi entorno familiar y profesional me ha llamado indignado porque no le he respondido a un mensaje. Le he contestado que claro, estoy trabajando, y lo que tiene cuando trabajas es que conviene concentrarte en lo que haces y no perder el tiempo en memeces o contestando mensajes que no son urgentes, que no dan de comer y que puedo atenderlos perfectamente en el momento que se merecen, por ejemplo cuando voy al baño a defecar.

He anulado mi cuenta y he borrado el programa. Primer efecto inmediato: Silencio. Mi teléfono ha dejado de sonar cada pocos minutos. Segundo: Batería. Los amperios han aumentado o el consumo ha bajado. Sea como sea tengo un teléfono nuevo.

Efectos secundarios: Llego a casa al mediodía y se lo explico a mi mujer. Se indigna. ¿Y ahora cómo voy a enviarte mensajes? Con lo bien que me iba, anda póntelo otra vez. Y eso que trabajamos y vivimos juntos. Le respondo: Mira, en un mes me mandaste dos mensajes. Uno que fuera a la carnicería y otro que venía tu madre. De los dos, interesantes, sólo uno. Mándame un SMS la próxima vez. Me he tenido que hacer la comida yo.

A las tres de la tarde recibo la visita en mi trabajo de una persona con la que me une cierta amistad. ¿Te has quitado el guats? ¿Qué te ha pasado? Serenamente le cuento que me he agobiado del programa, que prefiero no usarlo. Me mira con cara de incredulidad. ¿Con quién te has enfadado?, insiste. Joder qué pesada. Le repito que no, que no pasa nada, que ya me lo volveré a poner más adelante. Seguimos hablando de otras cosas pero cuando se va vuelve a la carga: ¿Me contarás algún día lo que de verdad te ha pasado?

Entro en mi cuenta de Facebook en el MacBook. Uso mi cuenta para supervisar la publicidad de varias páginas que gestiono. Sorpresa: Tengo siete mensajes preguntándome todos más o menos lo mismo: ¿Qué te ha pasado? Incrédulo redacto un texto genérico y lo pego en todos y cada uno de los mensajes explicando lo mismo: Estaba estresado y lo he borrado, si necesitáis poneros en contacto conmigo ya tenéis mi número. Gracias.

Al cabo de pocos minutos descubro un programa que casi ni sabía que existía. Otros de mis contactos están intentando dar conmigo a través de algo que pueda enviar mensajes gratis, en este caso iMessage. Se me abre una ventana y un conocido empieza con la misma ristra de preguntas. Al cabo de poco otra ventana. En uno de los grupos donde estaba el primer interlocutor ha comentado que me ha localizado en iMessage y todos los que tienen iPhone empiezan a escribirme preguntando: ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?

He apagado el MacBook y el iPhone. He salido a dar una vuelta desconectado del mundo. Por suerte sólo era usuario activo de WhatsApp. Tengo cuenta de Twitter pero he enviado 4 mensajes, 5 a lo sumo, en 3 años. Tengo cuenta en Instagram pero no envié jamás una foto. En Facebook mi actividad personal es nula y Skype y otros sistemas de comunicación como Line y sucedáneos no han llegado a instalarse en mi teléfono. ¿Qué ocurriría si hubiera sido usuario activo de todas estas redes sociales y un día decido desapuntarme de ellas?

Creo firmemente en las relaciones personales presenciales, aquellas que te permiten compartir las vidas dando un paseo, haciendo una excursión, saliendo a correr por un sendero de tonos ocre y olor a tomillo. Aborrezco entrar en una consulta médica y ver a la totalidad de pacientes con los pulgares en acción y la mirada clavada en la pantallita del teléfono.

Vivir sin WhatsApp se ha convertido en una paradoja. Estamos fabricando personas conectadas permanentemente al mundo pero ajenas a la realidad que les rodea. Yo me atrevería a decir que en cierta forma estamos enfermando. Pero lo triste es que ahora mismo, para muchos, el único desequilibrado de esta historia soy yo.

Autor Vicenç Lacruz visto en Todo Pocket PC.

31 octubre, 2012

Usted es un tonto de capirote.

Déjenme empezar por ponerme la venda antes de la herida: Admiro muchas cosas de Estados Unidos, sus muchos científicos, por ejemplo. O su producción literaria, deportiva o de cine y televisión. O su amor al trabajo. Sí, de acuerdo, también le encuentro muchas cosas criticables, pero no Halloween.

A mí Halloween me gusta. En Estados Unidos. En "El Extraterrestre" y en tantas otras pelis que han contribuido a hacerla lamentablemente popular por todo el mundo. En España no, en España Halloween me parece una fiesta lamentable, despreciable y merecedora de alojarse en los infiernos. Somos unos lamentables copiones, imitabobos y pueblerinos ramplones.

Halloween nos aleja de nosotros, de nuestras tradiciones, de nuestros ritos, de nuestras raíces, de nosotros mismos y nuestros ancestros. Queremos ser lo que no somos, somos unos envidiosos paletos que admiran a los del pueblo de al lado porque tienen una ciudad moderna, de acero, plástico y neón, sin caer en la cuenta de que vivimos en una ciudad medieval, repleta de arte románico, gótico, renacentista y que incluso cuenta con restos romanos, pongamos por caso, que sólo es un ejemplo. Y a pesar de nuestra larga tradición admiramos papanáticamente a unos recién llegados que celebraban, pobricos, su segundo centenario el mismo año que nosotros celebrábamos el segundo milenio del acueducto de Segovia, manda narices.

"Queremos ser lo que no somos, somos unos envidiosos paletos que admiran a los del pueblo de al lado porque tienen una ciudad moderna, de acero, plástico y neón, sin caer en la cuenta de que vivimos en una ciudad medieval, repleta de arte románico, gótico, renacentista y que incluso cuenta con restos romanos, pongamos por caso, que sólo es un ejemplo"

El caso es que nos tienen cogidos por la idiocia y hoy y mañana vamos a salir a la calle (bueno, saldrán los analfabetos culturales de otros años) vestidos de gilipollas sólo porque lo hemos visto en unas cuantas pelis y nos creemos que salir a sí a la calle nos hace más modernos, europeos e internacionales. El Carrión y el canal de Castilla pasan por mi ciudad y no estaría mal que alguno de estos, tan americanizados a la par que antiamericanos, vaya contradicción imposible, sean puestos en remojo durante unos minutos.

Somos tan amantes de lo ajeno y tan despectivos con lo nuestro que cabe aplicar ese refrán que dice que quien habla mal de España, es español. Somos tan memos que nunca valoraremos a nuestros grandes hombres... a no ser que previamente hayan triunfado en el extranjero. ¿Los mejores arquitectos? ¡Extranjeros! ¿Los mejores pintores? ¡Extranjeros! ¿Los mejores modistos? ¡Extranjeros! ¿Los mejores toreros? Finlandeses, quizá, salvo si a pesar de haber nacido en Valdecañas de Cerrato utiliza un nombre larguísimo y dificilísimo de pronunciar y que suene exótico...

¿Las mejores tradiciones de estas fechas? Las extranjeras, por supuesto. ¡No querrán que en una época de dislate, hedonismo y nihilismo triunfe Don Juan Tenorio, hasta ahí podríamos llegar! ¿Dulces y postres típicos de estos días? Hombre, donde esté un donut que se quiten los huesos de santos, los buñuelos, los panellets y las castañas. Nosotros somos más modernos, a nosotros nos gusta la hamburguesa doble con mucho Ketchup y mostaza. Tontos de capirote, que viva América, me cagüen Halloween.

Autor Pedro de Hoyos

16 julio, 2012

El depositario del miedo.

Todo comenzó como suelen comenzar todas las cosas importantes: mucho tiempo atrás.

La tensión se palpaba en el ambiente y cargaba el aire de energía quasi eléctrica que, como si de electricidad efectivamente se tratara, obedeció, sin más, a las leyes de su propia física.

Nadie le puso nombre y nadie le preguntó; a nadie le interesaba. Por otro lado, su soledad no duró mucho; sólo se sabe que, en un momento dado, como alfileres atraídos por un gigantesco imán invisible, los ciudadanos comenzaron a congregarse a las puertas del Congreso.

Primero fue aquel primero; enseguida llegó el segundo, el tercero… no tardaron en ser más de veinte. Como por generación espontánea, una pequeña multitud empezó a tomar forma a las puertas del mismísimo órgano depositario de la Soberanía.

En el interior, Sus Señorías mantenían un acalorado enfrentamiento, enconado por lo irreconciliable de sus posturas. El paro había superado ya el treinta por ciento de la población activa; el rescate económico de la banca simplemente había servido para mantener en el aire el enorme castillo formado por cientos de miles de cargos políticos y de libre designación, sueldos de concejales, alcaldes, diputados provinciales, autonómicos y locales; delegados de gobierno, ministros, consejeros, amigos y enchufados… un sin fin de granujas, golfos y parásitos que engrosaban una lista compuesta por más de medio millón de nombres con sus correspondientes apellidos y nóminas millonarias. Delincuentes con traje y corbata que se adjudicaban millones de euros en concepto de indemnización por llevar a la ruina entidades financieras.


"El Delegado del Gobierno se vio obligado a llamar al ministro del interior, pues era evidente que aquel envite le venía grande tanto a él como a su cargo, ¡y ni tan siquiera un mínimo gesto, un mínimo motivo, un miserable insulto al que agarrarse para iniciar una carga policial que ya no tenía sentido ni posibilidades!"

Organizaciones sin ánimo de lucro que Nóos costaban millones de euros, que chupaban sin límite la poca sangre que le quedaba a un país moribundo… Y sólo una cosa les ayudaba y les permitía mantener la sartén por el mango: el miedo.

El grupo que se concentraba a las puertas del congreso comenzó a superar holgadamente el millar. Aun así, y nadie ha sabido explicarlo hasta ahora, no se oía un alma, ni un grito, ni un silbato, ni una palabra más alta que otra; ni un murmullo, en definitiva. Sin altercados, sin piedras, sin consignas y sin autorización, la gente comenzó a llamar y a atraer a la gente… enseguida fueron más de dos mil.

En el interior del edificio, los acalorados representantes seguían discutiendo en términos políticamente correctos. Discutiendo sobre cómo dejar de gastar sin dejar de gastar en sí mismos; sobre qué estertor arrebatarle al Pueblo para mantener un nivel de vida que poco, nada, tenía que ver con la realidad.

Pero, inevitablemente, la Policía del Congreso se dio cuenta de lo que estaba sucediendo fuera, allí mismo. El silencio absoluto, el comportamiento ejemplar pero, sobre todo, el silencio absoluto de la masa que, poco a poco, iba superando los cinco mil individuos, llamó la atención del personal policial, que tuvo que salir a la puerta para asegurarse de que aquello que veían por las pantallas no era Atenas o alguna imagen de archivo.

Inmediatamente se dio la voz de alarma. El silencio fue golpeado por las sirenas. Había que defender, que proteger, a los representantes de la Soberanía de los mismísimos propietarios de esa misma soberanía. Una hilera interminable de vehículos policiales tomó la zona y los aledaños, pero el sonido lejano de más sirenas y de los motores revolucionados, delataba un despliegue que no tenía precedentes. Cuando el primer alto mando policial llegó al lugar, comprobó con espanto que aquello se les había ido de las manos. ¿Cómo era posible que nadie hubiera atajado aquello antes?

Las estimaciones oficiales trataron de quitar peso a la evidencia, pero la realidad mostraba que allí había ya más de diez mil personas. Atado de pies y manos, el jefe de la Policía requirió la presencia del Delegado del Gobierno… Una decisión así tenía que venir desde arriba. Y desde arriba, en helicóptero concretamente, el Delegado fue trasladado al Congreso por ser imposible del todo hacerlo hacerlo con medios terrestres.

El Delegado no podía creer que aquello estuviera pasando. La televisión y la radios, tan estupefactos como la policía, comenzaron a dar la noticia… Al principio, cuando la confusión alcanzaba hasta a lo que se estaba viendo con los propios ojos, hablaban de cientos, quizás mil o dos mil individuos… pero los helicópteros permitían ver claramente lo que realmente estaba sucediendo.

El despliegue policial para salvaguardar la integridad de los diputados cortó calles, vías rápidas, autovías y todo tipo de transportes públicos. Se cerró el metro y lograron colapsar y detener la ciudad… pero no a la gente que, como atraída por algún tipo de substancia química, poco a poco, a miles, se fueron uniendo.

El delegado del gobierno palideció cuando se le informó de que la masa superaba con creces los cien mil individuos, y que la cifra seguía creciendo de forma incontrolable. Se vio obligado a llamar al ministro del interior, pues era evidente que aquel envite le venía grande tanto a él como a su cargo, ¡y ni tan siquiera un mínimo gesto, un mínimo motivo, un miserable insulto al que agarrarse para iniciar una carga policial que ya no tenía sentido ni posibilidades!

El ministro, enzarzado en una discusión, otra, tan infructuosa, tan intrascendente y tan prescindible como su propia misión, respondió de mala gana al delegado diciéndole que “¡si se trata de una manifestación ilegal, disuelva!” Sólo la insistencia de su subordinado le obligó a salir del hemiciclo y a asomarse a la puerta, desde la que inmediatamente vio que los dos leones que le flanqueaban eran, a todas luces, insuficientes para acabar con tanta carne. El ministro del interior palideció y entró corriendo a dar la novedad al Presidente de su gobierno, el cual, ante la congoja de su semejante, no pudo menos de levantarse y dirigirse a la puerta, seguido de varios diputados, ilustres todos ellos, naturalmente, que vieron algo en la cara de su compañero de filas que les inquietó y les movió a dejar su sagrado asiento y a asomar la cabeza al mundo real.

El resto del hemiciclo enseguida fue un clamor. Diputados que salían con cierta incertidumbre y volvían corriendo, algunos con sonrisas nerviosas, otros, con cara de extrañeza, y otros charlando entre ellos. Todos tratando de adjudicar un nombre políticamente correcto a lo que acababan de ver. Naturalmente, al principio ninguno de ellos fue consciente de la magnitud de la situación, y todos coincidían en que el Problema, con mayúscula, era sólo del presidente y de su gobierno.

Poco a poco, sus señorías, ilustrísimas como no podía ni puede ser de otra manera, fueron tomando posiciones en la parte alta de las escaleras de acceso al edificio, entre los leones que guardaban la entrada, detrás del mayor despliegue policial visto en la historia del país. Todos los diputados habían presenciado alguna vez congregaciones de ese tipo, y todos habían podido irse por otra calle a tomar unas cañas o a reservar billetes para algún viaje sin mayores consecuencias. Algunos incluso presumían ante sus ilustrísimos colegas de haber organizado movimientos sociales similares y claramente superiores en número y en ruido, evidenciando, una vez más, que hablaban sin saber lo que decían.

Mientras, la televisión mostraba imágenes nunca vistas tomadas desde helicópteros: más de trescientos mil ciudadanos, en el más absoluto silencio, formaban una masa humana que iba camino de no tener precedente ni fin. Las noticias eran lo único capaz de acercarse al ritmo que marcaba el crecimiento de la concentración, y enseguida se puso de manifiesto que aquel fenómeno no era sólo cosa de la capital sino que, de forma igualmente espontánea, el Pueblo se estaba uniendo en todas y cada una de las capitales de provincia.

En Madrid ya había, según los cálculos de la gente que se dedicaba a calcular ese tipo de cosas, más de un millón y medio de personas, y era asombroso ver cómo el reguero humano que acrecentaba el número no paraba de crecer. Si el ritmo seguía así, era cuestión de una hora o dos tener a toda la Población enfrente de sus representantes.

Policías de todos los colores, ejércitos, reservistas… todo el personal, disponible y no disponible, fue llamado al servicio, pero la masa no reaccionó, para sorpresa y desagrado de la cúpula, ante la hostilidad del montaje. Facilitó, de hecho, el despliegue ordenado directamente por Jefe del Estado, Presidente, Ministro y Delegado del Gobierno, en una cascada perfecta de Jerarquía administrativa iniciada con las órdenes de aquel que esta vez, y para variar, no estaba de viaje de placer ni de safari.

Como pronosticó aquel que entendía de aquello, dos horas después del plantón de aquel silencioso y anónimo ciudadano, sólo en Madrid había más de tres millones de manifestantes que no dejaron escapar un solo sonido, dando fe de que el mismo ambiente inspiraba la actitud. Allí estaban, en la primera fila, el primer Ciudadano y otros muchos más, a escasos cincuenta metros de sus representantes. Se veían las caras los unos a los otros: unos relajados, tranquilos, sintiéndose seguros ante la contundencia del despliegue. Los otros, con muy poco que perder.

Tras las infructuosas amenazas de rigor, transmitidas por el delegado del gobierno megáfono en mano, se hizo el silencio.

Cuatro filas de antidisturbios armados hasta las cejas se interponían entre el Pueblo Soberano y sus representantes mientras más y más personal, reclutado incluso de empresas de seguridad privada, fue llegando al edificio. Finalmente, y en el silencio más absoluto que jamás nadie hubiera imaginado, que absorbía el ruido de unas sirenas que, sin dejar de sonar, dejaron de oírse, sólo se escuchó el animado cuchichear de algunos diputados que hablaban por el móvil con alguien afín a sus intereses, ajenos a la realidad de lo que les rodeaba y mostrando esa sonrisa cínica de quien, por ignorante, se siente seguro.

Entonces, ocurrió. El ciudadano número uno dio un paso al frente, acortando una distancia que instantes atrás parecía inabarcable. La policía se tensó. El delegado miró al ministro, y el ministro miró al presidente. Nadie dijo nada.

Otro paso hacia adelante. Esta vez la primera línea ciudadana se puso a la altura de la primera línea de policía.

Otro paso, uno más, que obligó a los agentes a retroceder ante la ausencia de órdenes. En ese momento los diputados más contumaces y cínicos dejaron de sonreír y adquirieron una expresión de extrañeza y circunspección.

Otro paso, y otro…

—¡Carguen! — ordenó el ministro, rompiendo un silencio que lo decía todo. Un silencio que chocaba frontalmente contra el frágil muro del hablar sin decir nada en el que se sustentaba su sistema.

En ese momento sucedió: los miembros del dispositivo lo vieron claro. Aquellos hombres y mujeres uniformados vieron que también eran ciudadanos, y sentían la misma química que atrajo a todos los demás.

De repente notaron que se estaban enfrentando a ellos mismos, y aunque no tenían por qué conocer a ninguno de los que tenían enfrente, sabían que toda su gente, que toda su vida, estaba en ese bando, no en el otro. Sabían que cuando cuando finalizasen el servicio tendrían que ir convivir con aquellos a los que estaban llamados a disolver, con aquellos a los que tenían que agredir. No transcurrió mucho tiempo hasta que el primer agente antidisturbios lo vio todo claro y entregó su arma a su superior.

La enorme retahíla de amenazas legales sólo hizo que uno tras otro, los agentes comenzasen a ver a quién tenían que proteger realmente: ¿A aquellos corruptos que únicamente sabían aprovecharse del poder? ¿O a su gente, al Pueblo Soberano que les pagaba, y al que se debían?

Un histórico giro de 180º volvió los cañones y las pelotas de goma contra diputados y gobierno en pleno. No hizo falta un solo disparo.

Fue en ese momento cuando todos vieron claro que el miedo había cambiado de bando, y sólo cuando el miedo sorprendió a los que no lo tenían, las cosas comenzaron a mejorar.

Autor Luis Miguel Gil Gonzalo visto en Red de autores

16 abril, 2012

La lucha por la vida.

LA LUCHA POR LA VIDA

Sí, la lucha contra la enfermedad del paro, la lucha contra la incertidumbre del trabajo que se tiene y tan pésimamente retribuido. Ya es lo único que me interesa. No soy generoso ni solidario, intento y quiero ser decente desde cualquier punto de vista moral o político.
No entiendo, aunque lo veo, cómo la gente puede vivir tan estrechamente; sube la luz, sube el transporte, suben los alimentos, sube todo, suben los impuestos, y los salarios permanecen o se rebajan. La gente es admirable en sus estrecheces, privándose al límite de lo mínimamente necesario; ni siquiera piensan aún en la revolución.


Por eso no me interesa nada Repsol ni Argentina ni los ministros amenazadores. Ni siquiera me interesa y preocupa que nos cercenen las libertades. Ni que los políticos sean estúpidos cuando no fatuos. No me interesa nada Rubalcaba, ni por supuesto Rajoy y su cohorte. No me interesa nada el Rey, cace o no cace. No me interesa nada Froilán. Ni siquiera me interesa Urdangarin ni el alcalde de Santiago que se afana el IVA ni los cientos o miles de imputados de España.
Solo me interesa el agobio de la gente, la muerte en vida de quien busca trabajo y no lo encuentra, los despedidos casi gratis, el terrible panorama de un país mendicante, la distancia sin que se alteren sus conciencias de quienes indiferentes observan desde fuera y desde su comodidad.
No me interesan los brujos economistas, ¿alguien se cree que no hay nadie más listo que Guindos?, no me interesan los ministros ultra en que se han convertido Wert y Gallardón. No me interesa Soraya y sus resabios de pitagorina, no me interesa la zafia y descarnada crueldad de Cospedal. No me interesa el cardenal Rouco, abomino de él, no me interesan los medios de comunicación, vendidos y tendenciosos, no me interesa Sálvame ni Gran Hermano, ni los ecos de sociedad de bodas y divorcios. Ni siquiera me interesan las guerras y desatinos del planeta, no me interesa la justicia, ni las Comunidades Autónomas, no me interesa el Parlamento, ya no sé si me interesa le democracia.
Solo me interesa la lucha por la vida de los desheredados de España y sus familias. No me interesan los bobos independentismos, sinceros o trepas, no me interesa la Bolsa ni la prima de riesgo ni la deuda ni el déficit. No me interesan ni los ácratas ni los banqueros. No me interesa el parte meteorológico de nuestra ruina. Solo me interesa que los ciudadanos nobles no tengan trabajo o las pasen putas. Solo me interesa que nosotros no hagamos de verdad nada por solucionarlo y lo dejemos en frases huecas e hipócritas. Solo me interesa que la gente comience a disimular su hambre, su rabia y su resignación, yo lo veo. No me interesan los trucos-fórmula de futuras inciertas mejorías, pero que sin sacrificios tan brutales no puede haberlas. Solo me interesa que repartamos entre todos lo poco de tarta que queda. Me da asco que 20 no tengan problema y 80 sí. Me da asco esta España de incapaces y bandidos colectivos. Si un día hay una revolución, cuenten conmigo.


Gota de la MONARQUÍA QUE SE DERRUMBA: Al menos en el sentimiento popular, ya que no entre los representantes políticos. Aparte de la grotesca casualidad coincidente de la rotura de cadera del Rey con el aniversario de la II República, es del todo improcedente, de una frivolidad grande, completamente insolidaria, y hasta estéticamente feo e indecoroso que Su Majestad vaya de caza en momentos de crisis tan feroz y devastadora como la que está sufriendo España. Amén de los gastos que origine, aun cuando fuere invitado. Los españoles ya pagaron su deuda con el Rey. Su imagen ha quedado degradada para siempre.
Pero a pesar de todo, si pudieran elegir entre Monarquía o República, yo creo que elegirían Monarquía, con la condición de que sus componentes fueran mileuristas.


Gota para los CAZADORES DE ELEFANTES: Un elefante muere de pena porque lo separaron de su compañera. Se negó a comer y se tumbó en la jaula hasta que murió.

Autor Arturo González  visto en Público.es

25 enero, 2012

Zapatos.

A la hora de desechar por viejos a un par de zapatos piensa qué será de ellos si van a parar cada uno a un distinto contenedor de basura, después de haber pasado juntos toda la vida. Ante el destino aciago que los ha separado, los zapatos viejos suelen llorar cada uno por su lado al recordar que un día calzaron a aquel niño salvaje que trepaba por los árboles; a aquel chaval nervioso que daba patadas a los botes en la calle camino del colegio; a aquel chico enamorado que los lustraba para ir a bailar con la novia a las verbenas; a aquel joven inconformista que siempre iba detrás de una pancarta equivocada; a aquel recién casado que durante el paseo en las tardes desoladas de domingo los arrastraba en silencio junto a su mujer tirando de un carrito de bebé; a aquel señor metido en política que tuvo que pisar innumerables charcos; a aquel anciano melancólico que renunció a ellos cuando ya no podía atarse los cordones si no era blasfemando.


Los zapatos viejos suelen llorar cada uno por su lado al recordar que un día calzaron a aquel niño salvaje que trepaba por los árboles; a aquel chaval nervioso que daba patadas a los botes en la calle camino del colegio; a aquel chico enamorado que los lustraba para ir a bailar con la novia a las verbenas...

La historia de cada persona puede ser escrita a través de los zapatos que ha calzado a lo largo de los años: aquellos que dejó en el balcón la noche de Reyes; o aquellos de dos tonos, blancos y color café, con rejilla, de hortera; o las botas rudas de excursionista buscador de setas; o los mocasines de tafilete con dos borlitas, de lechuguino; o los últimos con las suelas pintadas de negro betún de Judea con los que cualquiera será enterrado. El alma se le baja a uno hasta los pies al caminar y gracias a que queda atrapada en los zapatos, no se pierde en la calle a merced de cualquier perro sarnoso que quiera pasarle la lengua después de olisquearla. Uno siempre es responsable de los zapatos que calza y a partir de ellos, como si fueran raíces llenas del fermento de la tierra, el individuo se desarrolla. Subiendo por las piernas, las caderas y las vísceras se puede llegar al alma de cada persona, que suele ser de la misma calidad de piel y de una horma parecida. En la memoria están todos los zapatos que uno ha llevado, los indómitos, los flexibles, los dóciles, los correosos, según las sucesivas etapas psicológicas de una vida.
Los zapatos que uno desecha, si van a parar a un basurero distinto, se llevan también el alma dividida. Y allí puede que recuerden con orgullo o desprecio al individuo que los calzó un día.

Autor Manuel Vicent   visto en El País.

26 noviembre, 2011

Las ilusiones perdidas.

No se van en trenes con maletas de cartón pero llevan sus bienes más preciados: un portátil, un móvil de última generación regalado por un familiar o conseguido a base de una lucha de puntos sin cuartel. Suelen tomar un vuelo de bajo coste, cazado pacientemente en las redes de Internet. Se van a hacer un máster, o han logrado una mal llamada beca Erasmus que costará a la familia la mitad de sus ahorros. Otras veces van a hacer de au-pair, de auxiliar de conversación, o a cualquier trabajo temporal. La familia va a despedirlos a la puerta de embarque y mientras se alejan disimularán unos su pena y otros su incipiente desamparo. "Es por poco tiempo -se dicen-. Dominarán el idioma, conocerán mundo... Regresarán en pocos meses".

Hasta hace poco era un privilegio de los nuevos tiempos que les permitía gozar de una libertad sin límites, de un mundo sin fronteras, de una capacidad casi infinita de aprendizaje... Hasta que llegó la crisis y la maleta pareció distinta, la espera en la fila de embarque más embarazosa, la despedida más triste y el fantasma de la ausencia definitiva más cercano.

No. No llevan maletas de cartón, ni hay aglomeraciones en el andén de la despedida. No se marchan en grupo, sino uno a uno. Aparentemente nada les obliga. Ha sido una cadena invisible de acontecimientos. Estuvieron allí hace unos años, o tienen una amiga que les ha informado de que puede encontrar algún trabajo con facilidad. No pagarán mucho, eso es seguro, pero podrán ganarse la vida con cierta facilidad... A fin de cuentas aquí no hay nada.

Y se marchan poco a poco, sin alboroto alguno. Un goteo incesante de savia nueva que sale sin ruido de nuestro país, desmintiendo la vieja quimera de que la historia es un caudal continuo de mejoras.

No hay estadísticas oficiales sobre ellos. Nadie sabe cuántos son ni adonde se dirigen. No se agrupan bajo el nombre oficial de emigrantes. Son, más bien, una microhistoria que se cuenta entre amigos y familiares. "Mi hija está en Berlín", "se ha marchado a Montpellier", "se fue a Dubai" son frases que escuchamos sin reparar en el significado exacto que comportan. Escapan a las estadísticas de la emigración porque suelen tener un nivel alto de estudios y no se corresponden con el perfil típico de lo que pensamos que es un emigrante. Quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país.

En los tiempos de crisis que detallan cada euro gastado nadie computa los centenares de miles de euros empleados en su formación y regalados a empresarios de más allá de nuestras fronteras con una torpeza sin límites, con una ignorancia sin parangón. Menos aún se cuantifican el esfuerzo de sus familias, las ilusiones perdidas y sus sueños rotos en mil pedazos.

No llevan maletas de cartón, pero componen un nuevo éxodo que azota especialmente a Andalucía, que dispersa a nuestros jóvenes por toda Europa y gran parte del mundo, que nos priva de su saber, de su aportación y de su compañía. Pero, aparentemente nadie se escandaliza por esta fuga de cerebros, lenta pero inexorable, que nos privará de muchos de nuestros mejores talentos. Nadie protesta por esta nueva oleada de exiliados que son una acusación silenciosa del fracaso y de engaño. Se van en silencio por el túnel de embarque en el que les alcanzará la melancolía por la pérdida temprana de su tierra.

No son, como dicen, una generación perdida para ellos mismos. No son los socorridos ni-nis que sirven para culpar a la juventud de su falta de empleo. Son una generación perdida para nuestro país y para nuestro futuro. Un tremendo error que pagaremos muy caro en forma de atraso, de empobrecimiento intelectual y técnico. Aunque todavía no lo sepamos.

Concha Caballero.
Visto en El País

28 octubre, 2011

Medio pan y un libro.

El siguiente texto corresponde al discurso que Federico García Lorca hizo en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931.

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

07 octubre, 2011

No me quieras tanto.

De un tiempo a esta parte quedo con personas que, en realidad, no tienen un gran interés en charlar conmigo. Esto podría minar mi autoestima pero una suerte de optimismo insensato me lleva a pensar que amar y no hacer ni puto caso pueden ser compatibles. Yo sé que esas personas que no muestran mucho interés en hablar conmigo me quieren. Si no fuera así, entendámonos, no quedaría con ellas. Esas personas me escriben mensajes rebosantes de cariño: por e-mail, por sms, por Whatsapp, por Facebook, por activa y por pasiva. Y en esos mensajes hay frases tan apasionadas que parecen extraídas de un bolero.
Son frases que antes en España no se decían pero que, ahora, gracias a la revitalización del género epistolar propiciado por las nuevas tecnologías, están en auge. Esas personas me dicen que me adoran. Que me adoran y que cuentan los días para verme. Que cuentan los días y que me quieren. Que me quieren y que nos va a faltar tiempo en una cena para contarme todo lo que me tienen que contar. Que nos va a faltar tiempo y que están deseando conocer mi opinión. Que desean conocer mi opinión y que nadie como yo para compartir este y otro secreto. ¿Y por qué? Porque soy adorable. Eso me dicen.
El mundo de la tecnología ha bolerizado el género epistolar. Ha eneralizado el lenguaje de las postales románticas y ahora lo que toca es escribirse con

Esas personas, las mismas que, con desesperación, anhelaban verte, te dicen, perdona, perdona un momentito, y se ponen a teclear un mensajito con un solo dedo. Qué dedo más rápido tienen esas personas. Es un dedo entrenado para escribir como si a uno le hubieran amputado la mano izquierda. Una vez terminado el mensaje la conversación continúa. Continúa hasta que vuelve a sonar de nuevo la campanilla:
palabras de novios antiguos de los años cuarenta. Y, aunque yo soy de esa generación en la que si tus padres te decían "te quiero" es porque o se iban a morir ellos o te ibas a morir tú, tengo el corazón débil y, cuando una persona me pide una cita con palabras tan melosas, soy incapaz de no creerme un poco la pasión que sienten hacia mí.
Esas personas son las que te reciben con los brazos abiertos en un restaurante, te dan un beso apretado y unen sus pechos sin pudor contra tus pechos, por no hablar de otras partes que también entran en contacto, en estos abrazos actuales; sean hombres o mujeres los que intervengan en ellos.
Esas personas son las que acto seguido de desdoblar la servilleta y ponerla sobre sus piernas, sacan el móvil del bolso o de la chaqueta y lo colocan al lado del plato.
Esas personas de las que hablo, las mismas que me adoran por escrito, suelen tener un iPhone o una Blackberry, a través de los cuales me escriben a mí esos deliciosos mensajes. El problema es que mientras están conmigo no renuncian a comunicarse con terceras personas. Con un ojo me miran a mí, que estoy situada a la izquierda, por ejemplo, y por el rabillo del otro, miran a su querido aparatito. Suena una campanilla. Les ha entrado un mensaje. Lo leen tan rápido que casi no lo noto. Entonces, sonríen. Sonríen como si alguien les hubiera contado un secreto, o algo picante, o como si les acabara de llegar una información crucial. Pero, desde luego, no sonríen por la conversación que tiene lugar en la mesa.
Esas personas, las mismas que, con desesperación, anhelaban verte, te dicen, perdona, perdona un momentito, y se ponen a teclear un mensajito con un solo dedo. Qué dedo más rápido tienen esas personas. Es un dedo entrenado para escribir como si a uno le hubieran amputado la mano izquierda. Una vez terminado el mensaje la conversación continúa. Continúa hasta que vuelve a sonar de nuevo la campanilla: el amante, el amigo, el jefe, el cómplice, el plasta, ha contestado. Nueva sonrisa de esas personas que nos quieren tanto. Y como poco a poco van perdiendo la vergüenza, toman el iPhone o la Blackberry con las dos manos y teclean entonces con los dos pulgares. Qué maravilla de pulgares. Parece que han ido a una academia de mecanografía con pulgares para iPhones. Viene el camarero a tomar nota de la comanda y como las personas que tanto me quieren están ya apoyadas en el plato escribiendo a velocidad de vértigo mensajes tan apasionados, imagino, como los que me pusieron a mí, soy yo la que encarga el vino, el picoteo del principio y, si se me ha informado antes, el plato elegido por las personas que tanto deseaban este encuentro. No siempre una se siente ignorada, en lo absoluto. Hay ocasiones en las que los dueños de la Blackberry o el iPhone te hacen partícipe de los mensajes recibidos, y tú puedes aportar algo en las contestaciones.
A veces se trata de los amantes y entonces ya vives con excitación delegada. Ha habido ocasiones en las que las personas que me quieren se intercambian fotos con dichos amantes. No fotos a lo Scarlet Johanson porque no son horas. Imagino que ese tipo de instantáneas de corte más íntimo las dejan para cuando están encerrados en el cuarto de baño de su hogar, mientras sus maridos o sus mujeres están acostando a los niños. El móvil ha supuesto una revolución en el universo de la infidelidad. Quiero decir con esto que no soy uno de esos espíritus rancios que discuten las ventajas que para muchos ciudadan@s ha supuesto la irrupción de la nueva telefonía. Solamente quisiera expresar el desconcierto que me produce el que personas que tanto me adoran y desean compartir una hora y media de mesa y mantel conmigo no sean capaces de olvidarse del puto móvil durante un tiempo ridículo de sus hiperconectadas vidas. Que lo comprendo todo, sí, ¡que yo también tengo iPhone!, pero que lo dejo metido en el bolso. Joé.

Elvira Lindo

08 septiembre, 2011

Remando espero.

Ya son tres los lectores que coinciden en enviarme una historia -dicen que es apócrifa, pero yo me apuesto lo que quieran a que es real como la vida misma- que circula por ahí. Una historia tan estupenda y tan de aquí, o sea, de España o de lo que seamos ahora, que seria una absoluta mezquindad no compartirla con ustedes; como ya hice, no sé si recuerdan, cuando aquello de las múltiples variantes en tomo a los atributos viriles. Tampoco ésta es moco de pavo, así que la transcribo sin apenas toques propios, por el morro. Casi tal cual.

En el año 96, cuenta la crónica, se celebra una competición de remo entre dos equipos: el primero compuesto por trabajadores de una empresa española, y el otro por colegas de otra empresa japonesa.

Apenas se da la salida, los japoneses salen zumbando, ¡banzai!, ¡banzai!, dale que te pego al remo, y cruzan la meta una hora antes que el equipo español. Entre gran bochorno, la dirección de la empresa española ordena una investigación y obtiene el siguiente informe: “Se ha podido establecer que la victoria de los japoneses se debe a una simple argucia táctica: mientras que en su dotación había un jefe de equipo y diez remeros, en la nuestra había un remero y diez jefes de servicio. Para el próximo año se tomarán las medidas oportunas”.

En el año 97 se da de nuevo la salida, y otra vez el equipo japonés toma las de Villadiego desde el primer golpe de remo. El equipo español, pese a sus camisetas Lotto, a sus zapatillas Nike y a sus remos de carbono hidratado, que le han costado a la empresa un huevo de la cara, llega esta vez con dos horas y media -cronómetro Breitlin con GPS y parabólica, sponsor de la prueba- de retraso.

"En la competición del año 98, los del sol naciente salen zumbando, up-aro, up-aro, todavía tienen tiempo para detenerse a hacerse unas fotos y comer pescadito frito, y llegan a la meta tan sobrados que la embarcación española cruza la meta, cuando lo hace, con cuatro horas largas de retraso"
Vuelve a reunirse la dirección tras un chorreo espantoso de la gerencia, encargan a un departamento creado ad hoc la investigación, y al cabo de dos meses de pesquisas se establece que “el equipo japonés, con táctica obviamente conservadora, mantuvo su estructura tradicional de un jefe de equipo y diez remeros; mientras que el español, con las medidas renovadoras adoptadas después del fracaso del año pasado, optó por una estructura abierta, más dinámica, y se compuso de un jefe de servicio, un asesor de gerencia, tres representantes sindicales (que exigieron hallarse a bordo}, cinco jefes de sección y una UPEF (Unidad productora de esfuerzo físico}, o sea, un remero. Gracias a lo cual se ha podido establecer que el remero es un incompetente”.

A la luz de tan crucial informe, la empresa crea un departamento especialmente dedicado a preparar la siguiente regata. Incluso se contratan los servicios de una empresa de relaciones públicas para contactos de prensa, etcétera. Y en la competición del año 98, los del sol naciente salen zumbando, up-aro, up-aro, todavía tienen tiempo para detenerse a hacerse unas fotos y comer pescadito frito, y llegan a la meta tan sobrados que la embarcación española -cuyo casco y equipamiento se había encargado para esta edición al departamento de nuevas tecnologías- cruza la meta, cuando lo hace, con cuatro horas largas de retraso.

La cosa ya pasa de castaño oscuro, de modo que esta vez es la quinta planta la que toma cartas en el asunto y convoca una reunión de alto nivel de la que sale una comisión investigadora que a su vez, tres meses más tarde, elabora el siguiente informe: “Este año el equipo nipón optó como de costumbre por un jefe de equipo y diez remeros. El español, tras una auditoría externa y el asesoramiento especial del grupo alemán Sturm und Drang, optó por una formación más vanguardista y altamente operativa, compuesta por un jefe de servicio, tres jefes de sección con plus de productividad, dos auditores de Arthur Andersen, un solo representante sindical en régimen de pool, tres vigilantes jurados que juraron no quitarle ojo al remero, y un remero al que la empresa había amonestado después de retirarle todos los pluses e incentivos por el injustificable fracaso del año anterior”.

“En cuanto a la próxima regata -continúa el informe- esta comisión recomienda que el remero provenga de una contrata externa, ya que a partir de la vigésimo quinta milla marina se ha venido observando cierta dejadez en el remero de plantilla. Una dejadez preocupante, que se manifiesta en comentarios dichos entre dientes, entre remada y remada, del tipo: "anda y que os vayan dando" o "que venga y reme vuestra puta madre", y una actitud que incluso roza el pasotismo en la línea de meta”.

Autor Arturo Pérez-Reverte

04 marzo, 2011

Los cuatro récords de la economía española.

La economía española acaba de batir cuatro récords:

El primero, el de parados: a pesar de la exitosa reforma laboral, ya son 4,3 millones, el mayor número de desempleados de la historia de España.

El segundo récord, el de beneficios de las grandes empresas: los 35 gigantes del Ibex han ganado 49.881 millones de euros, un 24,5% más que el año anterior. Los beneficios del terrible 2010 superan así la anterior plusmarca: los 49.246 millones de euros que ganaron las empresas del Ibex 35 en 2007. Durante la crisis, los beneficios bajaron, pero nunca han dejado de ganar.

El tercero, el de los sueldos de los altos directivos. En 2010, los salarios de los consejeros delegados y principales ejecutivos de las grandes empresas del Ibex 35 subieron un 20% de media. Algunos argumentarán que esto se explica porque también crecen los beneficios. Lástima que la estadística histórica demuestre que no es así. En el año 2009, los beneficios bajaron el 21,5%, pero los sueldos de estos ejecutivos crecieron otro 15%. Cobran de media 3,2 millones de euros por barba, sin contar planes de pensiones y otro tipo de sobresueldos. La cifra es también plusmarca histórica.

El cuarto récord lo bate Telefónica. La antigua empresa pública ganó un 30,8% más: 10.167 millones. Con ellos se convierte en la compañía española con los mayores beneficios anuales de la historia. Y es bueno que las empresas ganen dinero; la alternativa es peor. Pero si alguien cree que este aumento en los beneficios sirve para generar empleo, se equivoca: no siempre es así. Telefónica, por ejemplo, ha reservado para 2011 un presupuesto de 658 millones de euros para reducir su plantilla. De esa partida, 202 millones se gastarán en despidos y prejubilaciones en España.

Autor Ignacio Escolar visto en Escolar.net

Este artículo fue escrito ayer por el autor. Si lo hubiese escrito hoy hubiera tenido que añadir un nuevo record con el que nos han sorprendido las noticias esta mañana.
La gasolina supera su record histórico situádose en 1,30 euros por litro.
Otra mala noticia para los ya de por sí maltrechos bolsillos de los españoles.

25 febrero, 2011

El libro "La hora del recreo" denuncia el trabajo infantil.

El libro "La hora del recreo" es una iniciativa social en la que la Fundación Telefónica lleva trabajando más de un año para concienciar a la sociedad de la necesidad de erradicar el trabajo infantil.
Con este proyecto la Fundación Telefónica trata de hacer visible la realidad social de 14 millones de niños, niñas y adolescentes que se ven obligados a trabajar en Latinoamérica.


Este proyecto se creó en dos partes. Para la primera parte la Fundación desplazó a cinco fotógrafos de reconocido prestigio a distintos paises de América Latina para que captasen con su cámara realidad de estos niños trabajadores.

Con el material obtenido los fotógrafos hicieron un proceso de selección de las imágenes y estas les fueron entregadas a 16 escritores para que hiciesen un cuento sobre cada niño,  basándose en lo que les sugería la fotografía y sus historias personales.

Este relato que aparece aquí debajo pertenece a Espido Freire y se titula "Plástico y papel".

PLÁSTICO Y PAPEL

 
Lo que más me gusta es el plástico: si es rojo y resistente, mejor. Lo que menos, el metal, aunque debería ser al revés, porque pagan mucho más y con más ansia el metal, no digamos ya si encuentro un pedazo de cobre. No resulta frecuente, porque los pepenadores mayores se han especializado ya en el cobre, y parece que lo olieran, como si esos hilos brillantes y rojizos emitieran señales invisibles, y sólo los elegidos pudieran percibirlas.

El plástico nos lo dejan a los medianos, a los que estamos dejando de ser niños, pero nos falta aún barba y estatura para ser hombres. Lo cierto es que no le hacemos ascos a nada: en este enorme vertedero se encuentra de todo, y casi todos nos movemos en la manera más eficaz, por pequeños grupos de distintas edades. Mi hermano el de nueve, el más escurridizo y más ágil, se las apaña para trepar entre las montañas de basura y distribuir al resto del equipo. Mi hermana sostiene con cuidado infinito los pedazos de cristal que puede merecer la pena llevarse consigo: encuentran destino en las ventanas de las chabolas como las nuestras, y muchas veces no pagan con dinero, sino con comida para ella.

Los pequeños se han encargado siempre de lo más peligroso, porque si nos llega a ocurrir algo resulta más rentable que les suceda a los que aún no se han especializado, y porque no hay nada más habitual que la muerte de los niños, ni más barato que hacer otro.

Hacía tiempo que no nos adentrábamos en el vertedero, y encuentro muchas cosas cambiadas; caras nuevas y algunas ausencias. Ellos también nos observan con prevención: nos palpan los brazos y las piernas con la mirada, y aprecian que hemos engordado. Unas semanas sin trabajo, en la escuela, con leche y galletas, obran maravillas.

Cuando como mejor, noto que me despierto con mayor valentía frente a la vida, y que, al mismo tiempo que mis pantalones se acortan, yo aprendo y crezco. Cuando no como, sólo hay una cosa en mi cabeza: comida, comida, cualquier tipo de comida, la siguiente comida. Me pregunto si el anterior novio de mi madre, el padre de mi hermanita bebé, sentiría lo mismo con el alcohol.

Cuando amanecía, muy tarde, con los ojos enrojecidos y la boca hedionda, nada importaba, hasta que apretaba en la mano un vaso, y entonces la mirada humana regresaba a su rostro.

Casi no lo recuerdo, porque mis memorias han sido sustituidas por las montañas de basura, las luces del campamento y los senderos entre el polvo, pero nosotros procedemos del campo.

Mi madre, y mi padre, nacieron allí, y allí nací yo, un lagartito escurrido. Creyeron que moriría. Mi madre había cumplido recién los trece años, la misma edad que tengo ahora yo, y apenas engordó durante el embarazo. No tenía con qué. Conmigo a la espalda, caminaron hasta la ciudad, y se instalaron como los demás que habían llegado en último lugar: con las estrellas como techo. Mi madre habla con un dejo de nostalgia de aquellos días. Era joven, había parido su primer hijo, y dormía con el hombre que amaba. Luego mi padre desapareció, y la dejó sola, y de pronto reparó en que era inmensamente pobre.

Seguimos siendo pobres, pero no tanto. Nuestra chabola es de madera y lata, y no de cartón. Los tres hermanos mayores vamos a la escuela, y el bebé lleva pañales de verdad, no de tela. En la fábrica en la que mi madre limpia le dan de vez en cuando restos de comedor, y cenamos como es debido, alubias caliente y maíz, y rodajas de plátano. Los cuatro lucimos zapatos, y así, cuando hay que regresar al vertedero para rebuscar, se camina rápido y con seguridad.

Ya leo casi todas las frases de mi libro, y escribo muy bien. Mi madre me pide que ayude a los pequeños, pero son pequeños: bastante hago con cuidarles.

Me sigue gustando el plástico, sobre todo el rígido, el que se emplea para los juguetes y los coches; pero a veces acaricio el papel de mi cuaderno, o el de mi libro, mucho más suave, un poco brillante, y comienzo a darme cuenta de que mi material preferido es el papel.

Texto: Espido Freire

23 septiembre, 2010

Esos hijos de puta que hacen huelgas.

Viví con auténtico estupor las reacciones de los periódicos y de los ciudadanos ante la huelga de los trabajadores del Metro de Madrid, transporte público que utilizo a diario. Entre unos y otros, en los papeles y los bares, dejaron clara su disconformidad con la protesta, la antipatía que las personas que la llevaban a cabo les estaban provocando y la obviedad de que no se puede paralizar una ciudad por el capricho de unos pocos.

Hacer huelga, por lo que parece, ha dejado de ser un derecho visible, dado que ahora podemos hablar ya de "derechos visibles" y "derechos invisibles", incluso subterráneos en el caso de los trabajadores de Metro.

Los derechos visibles son aquellos que se ejercen sin molestar a nadie, y que permiten a los ciudadanos apreciar el buen funcionamiento de la sociedad: son derechos que se nos han concedido porque varios siglos de tiras y aflojas los han probado inanes. El más importante de nuestros días es: hablar, opinar, decir cosas.

Decir cosas no sirve para nada, salvo para que otras personas digan también cosas, otras cosas. Se pueden seguir diciendo cosas hasta que se pudran las estrellas, o parar en un momento dado, que lo mismo da.

Es un derecho visibilísimo, el verbal, que muestra cómo la sociedad ha progresado, pues todos podemos expresar opiniones inútiles durante el tiempo que nos parezca oportuno.

Sin embargo, el derecho a hacer huelga se ha situado ya en el polo opuesto: molesta, y además no se entiende. Las palabras de la huelga no fomentan otras palabras, sino otras nomenclaturas, que no es lo mismo, dado que la nomenclatura es un corralito del lenguaje, inaccesible para el ciudadano medio, que normalmente no conduce trenes ni pesca el atún ni sabe qué problemas aquejan a los cocineros, los carpinteros o los periodistas.

Lo único que sabe el ciudadano (aparte de que hay que Cambiar el mundo, así en general) es que si los cocineros hacen huelga se nota, y eso ya es un argumento en su contra.

Hace dos o tres años, hicieron huelga los transportistas, los camioneros. Se notó en que en el supermercado había menos tomates el primer día de la huelga; el segundo no había ninguno, dado que el ciudadano medio (término cada vez más cercano en significado al de "niño") arrambló acojonado con todos los tomates que tenía a mano, no fueran a acabar en las manos de otro ciudadano y no pudriéndose en su casa por exceso de tomates, como es lo lógico en una sociedad conformada con ciudadanos solidarios, sobre todo con los negritos del África tropical.

En la huelga de Metro, más reciente, sucedió que los ciudadanos no podían tomar ellos solos los trenes e ir a su trabajo, dado que los trenes no son tomates y no se dejan coger con disimulado egoísmo. Así las cosas, el ciudadano no pudo ir a trabajar, o tuvo que hacerlo después de desembolsar el precio de una carrera en taxi, o buscarse la vida con la ayuda de otros compañeros de curro, motorizados estos, en una aventura de un día de duración que a buen seguro competía en sordidez y espanto con las mayores desgracias de la Historia de la Humanidad.

Ante la cercanía de una nueva huelga, esta vez "general", han empezado ya las consideraciones previas sobre su incómoda visibilidad. Hay que estar prevenidos ante una huelga que se note, porque sería un problema, el problema de que algo no funciona. La huelga puede notarse, sobre todo, si la llevan a cabo las personas que cobran mil euros o menos al mes, o sea, el 60% de los trabajadores.

Se opina estos días que, en tiempos de crisis, las huelgas generales no son precisamente lo más adecuado, pues el país tiene ya suficientes problemas. Esto quiere decir que no hay que hacer huelga cuando el país va muy mal, ni cuando va mal, ni cuando va regular; ni nunca. A no ser que haya que hacer huelga cuando el país va bien, y sólo para darle una alegría al cuerpo y demostrar al gobierno de turno que los ciudadanos no le quitamos ojo de encima por muy estupendamente que nos estén gobernando.

Sin embargo, resulta que una huelga no es un "paro" para molestar, sino un paro para denotar una necesidad que está siendo cubierta. La huelga da a entender que diariamente se lleva a cabo una función imprescindible para la sociedad, y que no se recibe la retribución económica ni moral consecuente con dicha tarea. El "paro", en definitiva, es el derecho de ser echado en falta.

Sucede, esperpénticamente, que los trabajadores que más se echan en falta cuando no acuden a su lugar de trabajo son precisamente aquellos que, diariamente también, menos relieve social tienen. Toda la ridícula masa social "solidaria" que dedica horas y horas a pensar y compadecer a cualquier persona nominal al otro lado del planeta, y a lamentar condiciones de vida deplorables en paralelos alejadísimos y a pedir al gobierno acciones de altura para que en meridianos distantes cambie algo, no dedica ni un sólo segundo de su vida a pensar en el conductor del tren que le lleva a casa en su propia ciudad.

Ni un solo segundo.

Ni al camarero que le sirve el café, ni al barrendero, ni a la cajera del supermercado, ni a nadie que gane menos de mil euros al mes. Todos los trabajadores menestrales y humildes son invisibles socialmente, disfrutan de la transparencia del fracaso, que evita que sean mirados a los ojos por miedo a un contagio decadente. Si tienen problemas, no importan; si sus condiciones laborales son penosas, no importa; si les bajan el sueldo o les llevan de contrato temporal en contrato temporal, no importa. Lo único que importa es que sigan trabajando para que no nos sustraigan a los demás de tareas mucho más importantes, como reclamar el carril bici, imponer las bolsas ecológicas en los supermercados o luchar porque la música y las películas sean gratis.

Vamos, por cosas realmente esenciales.

Se ha calificado por tanto de "huelga salvaje" a aquella huelga que se hace como dios manda. Parece ser que las huelgas deben cumplir "servicios mínimos" para que los ciudadanos no crean que esos servicios son siquiera relevantes. Cuando se hace una huelga en el servicio de recogida de basuras los ciudadanos miran las bolsas de detritus como si los huelguistas las hubieran amontonado a las puertas de sus casas. Los huelguistas no son gente que trabaja para putearte; son gente que no trabaja.

La huelga general es una llamada a todos los trabajadores para que piensen en todos los trabajadores, no para que piensen en los 50/100 euros que uno mismo va a perder ese día. La huelga general es una prueba de cuánto estás dispuesto a perder tú para que otros puedan quizá ganar algo. La huelga general es una cosa que simplemente se hace.

No hay nada que pensar.

Autor Alberto Olmos visto en Hikikomori.

12 julio, 2010

Somos mundiales.

A pesar de que España ganase ayer el mundial coincido con lo que dice Juan Antonio García Amado con la única diferencia que a mi el fútbol no me gusta y menos cuando se utiliza descaradamente para desviar la atención.
Me parece mentira que a una sociedad más culta la sigan engañando con las mismas artimañas de hace 50 años.
Aquí os dejo el relato.

SOMOS MUNDIALES

Viajo a pasar el fin de semana en Gijón y me encuentro levantadas unas cuantas calles principales. En la zona de la playa, por supuesto. Supongo que serán restos de aquel plan Z (¿O era plan E?). Me quedo pensando que un trocito del asfalto nuevo es mío, ya que se paga con el sueldo que me rebajan. Pues ya sabemos que ahora se quiere descontar a los funcionarios lo mismo que hace un año se dio a los ayuntamientos para hacer carriles de bicicleta y aceras de mucho diseño. Decían que se trataba de combatir el paro y ahora lo que suspenden son obras del AVE y de autovías. Tremenda coherencia, claridad de ideas, rigor ideológico. Quien tiene un gobierno tiene un tesoro.

En tales reflexiones andaba cuando vi el partido del Mundial, el de España contra la pobre y honrada Honduras. Por el entusiasmo de los locutores parecía que el rival era Brasil, pero no, se trataba de Honduras. No hay enemigo pequeño, se dice, aunque existan gobernantes enanos.

"Como cuando Franco, nos empachan de fútbol, estimulan a patadas un patriotismo cutre, manipulan las emociones más pringosas, mientras el país va al garete en lo que más importa y nuestros políticos cultivan una ética pública más propia de ratas"

Durante ese partido recordé mucho a mi padre. En mi infancia, con Franco vivito y coleando, mi padre siempre quería que perdieran tanto la Selección como el Real Madrid. Yo no lo entendía, pese a que él me explicaba que era porque sus triunfos daban aliento al régimen y hacían a la gente conformarse y creerse feliz, pese a tanto oprobio y tanta miseria. Ahora me pasa a mí. Estoy hecho un lío. Me gusta el fútbol y me hace cierta gracia la Selección, pero me parece que para el país no sería nada bueno un éxito en el Mundial. Conviene más que acabemos de hundirnos del todo, de desmoralizarnos, que seamos conscientes de los niveles de incompetencia y frivolidad que hemos alcanzado. Como cuando Franco, nos empachan de fútbol, estimulan a patadas un patriotismo cutre, manipulan las emociones más pringosas, mientras el país va al garete en lo que más importa y nuestros políticos cultivan una ética pública más propia de ratas.

Y si tan importante es la Selección y tanto ha de contar el fútbol, propongo que el próximo presidente del gobierno sea el Guaje Villa y que de vicepresidente pongan al Niño Torres. Al menos nos meterán los goles con más arte. Ah, y que de líder de la oposición juegue Navas, que por la banda desborda mejor que el gallego sonado.

Autor Juan Antonio García Amado visto en Dura Lex.

11 junio, 2010

Caminar los sueños.

La rutina es un papel de lija que desgasta las ilusiones.

Demasiadas veces lo cotidiano nos conduce a la monótona repetición de conductas, conversaciones y escaramucillas sin vuelo que transforman las hojas de nuestro calendario en un libro sin texto.

Por el contrario, las ilusiones conseguidas son aquellas que quedan impresas para siempre en el libro del mejor recuerdo, esas épocas en las que tomamos conciencia de que el auténtico nivel de vida no lo da ni depende del dinero, sino de la felicidad, ese sentimiento que surge cuando lo soñado y lo vivido transcurren paralelos como los raíles del ferrocarril.

Por eso siempre hay que llevar una doble vida: la despierta y la soñada.

La vida despierta es ese obligado aterrizaje en el suelo duro que nos conduce a través de caminos proyectados por intereses ajenos, cuanto más masivos más semáforos, radares, velocidades limitadas y direcciones prohibidas.

La vida soñada es la que nos impulsa a salir de lo establecido y nos anima a idear, imaginar... elevarnos para buscar nuestros propios horizontes.

En una vida completa, soñar y caminar son vasos comunicantes, porque el ave no puede estar siempre volando, pero alzarse le permite divisar, entender y, por qué no, ambicionar otros panoramas.

En el suelo reposa lo conocido y cotidiano; en el vuelo despega el sueño y la sana ambición.

La felicidad es caminar los sueños..

Autor Ángela Becerra visto en ADN.

27 mayo, 2010

Dieron su hoy por nuestro mañana.

A veces, cuando estás leyendo encuentras una frase que te hace parar, la vuelves a leer y comienzas a meditar su mensaje.

"Dieron su hoy por nuestro mañana"

Ésta es una de ellas, la he leído en el libro “Caliente, plana y abarrotada” de Thomas L. Friedman. Esta frase está grabada, como epitafio, en la tumba de los suegros de John Dernbach, experto en medioambiente de la Widener Law School.

Las generaciones de nuestros mayores (padres o abuelos) sufrieron una Guerra Civil, algunos incluso una Mundial, padecieron las venganzas en forma de paseos y sacas, unos represión y otros sumisión, las cartillas de racionamiento eran testigos silenciosos del hambre, el dinero era un artículo de lujo y, sobre todo, trabajaron como mulas para que nosotros tuviésemos un “mañana digno”. En su vocabulario no existía el término “ocio” y para poder financiar nuestra educación y nuestros caprichos se privaron de su presente.

Y todo ésto, ¿para qué?

Para pagarles con el exceso, la opulencia, la superficialidad, el despilfarro… Nos dejaron una sociedad Hormiga y la hemos convertido en una sociedad Cigarra, dirigida por políticos corruptos o mediocres, alumnos que no respetan a los profesores, jóvenes sin valores, especuladores mafiosos, francotiradores de los sentimientos…

"He rebuscado por todo el mundo y he localizado la casa de empeño donde dejasteis vuestro hoy para comprar nuestro mañana y, en lo que a mi respecta, acabo de hipotecar mi hoy para recuperar lo que queda de vuestro hoy"

Autor Javier Sanz visto en Historias de la historia.

03 marzo, 2010

Sus miradas.

Sus miradas cambiaron súbitamente. Intentabas explicar a tus alumnos de 4.º de ESO el concepto de `generación´. Y, para ello, habías optado por hablarles de la tuya: España, años 60. Les contaste que carecíais de comodidades para ellos, hoy, tan elementales como agua corriente. O de una nevera. O de un teléfono… Que erais pobres y que salir con una chica a solas constituía, casi, una misión imposible. Tras casi treinta años de profesor –que no funcionario de la enseñanza– no me resultó difícil constatar la lástima con la que me miraban y escuchaban…

Pero, acto seguido, les hablé también de puertas que jamás se cerraban con llave, de niños que jugaban en las calles, de tiendas en las que se fiaba, de cómo en casa siempre almorzábamos y cenábamos juntos y de cómo hablábamos, largo y tendido, con padre y madre. Sus miradas cambiaron. Ya no eran de lástima. Eran de envidia. Y pensé que muchos de mis alumnos, pese a la obesidad de tantos, eran seres hambrientos. Hambruna de afecto, de tiempo, de ternura. Era la mía, ahora, la mirada de la que emanaba la lástima y un inmenso amor hacia quienes, desde la opulencia de las cosas, tan sólo rogaban retales de sentimientos… Y di gracias a Dios por el don de mi trabajo. Fue, casi, una oración.

Autor Juan Luis Hernández Gomila. Maó (Menorca) Visto en XLSemanal.

03 febrero, 2010

Esas topmodels viajeras y solidarias.

De vez en cuando, alguna revista del corazón se descuelga con siete u ocho páginas emotivas y humanitarias, con fotos grandes y titulares ad hoc: Fulana o Mengana de tal, solidaria con los niños huerfanitos de Sierra Leona, o de Perú, o de donde sea. Y allí sale la torda, a veces actriz, o topmodel, a veces putón verbenero de papel couché sin más, vestida de coronel Tapioca o de Calvin Klein, dando de mamar a las criaturas o haciendo palmitas con ellos en el cole, a ver, vamos a cantar todos en la casa de Pepito con esta señora tan guapa que tanto os quiere y ha venido a visitaros, o con una niña desnutrida y llena de moscas en brazos, o en un hospital hecho polvo acariciándole el muñoncito a un crío que pisó una mina. Con cara compungida, claro, cual corresponde a sentir próximo, casi propio, el dolor ajeno, etcétera. Tan conmovedores suelen ser los afotos, que cada vez que me tropiezo uno de esos reportajes solidarios se me atragantan de ternura los crispis con el colacao.

Sobre todo cuando leo las declaraciones, en plan «esta experiencia me ha hecho ver cosas que antes no veía», o «ahora comprendo que somos egoístas porque vivimos de espaldas al dolor», aunque mi favorita sea esa de «a nivel humano, no sabía que hubiera gente que vivía así». Otros sí lo sabíamos, claro. Algunos misioneros y cooperantes, verbigracia, lo saben de sobra desde hace la tira. Y creo que en los periódicos también viene. Pero no vamos a ponernos estrechos, exigiéndole a una pava que anda con la agenda a tope, entre Tómbola, Crónicas Marcianas, operarse las ubres, el desfile de modelos del viernes, las fotos robadas en Ibiza y el yate de Fefé para este verano en Puerto Portals, que se lea los periódicos o vea el telediario. Bastante tiene ya encima haciendo la calle en versión postmoderna. Famoseando, que se dice ahora. De modo que si de pronto lo descubre, tras cuatro días empapándose -para variar- el chichi de dolor ajeno, y siente el impulso irresistible de contarle a todo el mundo lo mal que está el mundo y lo injusta que es la vida, pues qué quieren que les diga. Me parece bien.

Porque la verdad, además, es que las oenegés andan chungas de viruta. Con lo de la pasta de Gescartera, con Izquierda Unida haciéndole la competencia a Payasos sin Fronteras y con la cantidad de mangantes que se lo montan en plan no gubernamental para viajar gratis y vivir por la cara -para los sindicatos y los comités de empresa, que era lo tradicional, hay lista de espera y ya no corre el escalafón- la gente mezcla churras con merinas, se fía menos que antes de la cosa solidaria, y afloja poca tela; aunque este año, con la caída en picado de las crucecitas de Hacienda para la Iglesia, lo mismo la cosa ha mejorado un poco, y lo que antes se destinaba a pagar estolas y roquetes ahora se destina a leche en polvo. No sé. El caso es que resulta comprensible que las oenegés decentes, que hay muchas, se busquen la vida. Y desde su punto de vista cualquier medio es bueno si luego, en la fiesta amadrinada por Chochita O’Flanagan, en Marbella, o en Mallorca, las millonetis de turno aflojan una pasta para colaborar con esa organización tan simpática que han visto en el Lecturas o en el Hola, hay que ver, con esos niños escuchimizados y anémicos, que parece mentira que esas cosas se consientan, ¿verdad?, en el siglo XXI.

Lo que pasa es que, bueno. Habrá cabrones estrechos de miras -no es mi caso, por Dios- que se pregunten qué coño, y nunca mejor dicho, pinta esta o aquella pájara milongueando en una piragua del Amazonas, expuesta a que una piraña le roa una teta, con un indio de cara sufrida remando detrás -dejen al indio un rato a su aire y verán lo que entiende mi primo el aborigen por solidaridad activa-, mientras nos explica cómo sufren los que sufren; y a cambio de prestar su morro para la oenegé que le monta el viaje, se gana portada a todo color en plan Teresa de Calcuta. A fin de cuentas, dirán esos escépticos malpensados, poca diferencia formal existe entre tales reportajes y otros que salen a veces, cuando para promocionar un destino turístico, una agencia de viajes o una colección de moda, cualquier chocholoco de titular y exclusiva pagada, presentador de la tele, daifa de torero, modelo varón cachas, zurrapa de Gran Hermano o ídolo de Operación Triunfo, sale en portada allá por Bali, las Bermudas o la Patagonia haciéndose fotos de luna de miel, disfrazado de jeque árabe ante las pirámides o brindando con exóticos cócteles tropicales en playas paradisíacas que, de otro modo, no habría podido pagarse en su puta vida. Pero no debemos pensar mal. Mucha solidaridad y amor al arte, es lo que hay. A chufla los toma alguna gente; pero, como el Piyayo, a mí me dan un respeto imponente. Que no todo lo de viajar va a ser, en las revistas del corazón, motos de agua que cruzan osadamente el Atlántico, o exploradores intrépidos que se pasan la vida zarpando y nunca llegan a ningún sitio.

Autor Arturo Pérez-Reverte visto en XLSemanal.

09 diciembre, 2009

Telefóllica.

¿Será posible? Casi todos los días a la hora de la sobremesa me llaman a casa los pelmas de Telefónica. “¿Hablo con Fulano de Tal?” Un sí desabrido. “Encantada de saludarle. Mi nombre es Jennifer Alexandra y le llamo de Telefónica para informarle de una promoción que le va a interesar”. Leches en vinagre, otra vez se nos olvidó descolgar el teléfono. La niña de noche se duerme tardísimo y, en cambio, las siestas las respeta. Mi chica y yo..., no sé si me entienden. Esto ya es un trío, el trío que diariamente nos oferta Telefónica.

Ya no sé qué hacer con ellos. Con los de Telefónica, quiero decir. Me han ofrecido el famoso trío unas cuarenta veces, pero hasta hoy era pagando un plus por el puto Imagenio. Menos mal que nunca había aceptado. De canales ya voy bien servido. Pero hoy la oferta era distinta, pues no sólo daban gratis el Imaginio y sus tropecientos canales (supongo que cocina, dibujos animados y apasionantes partidos de béisbol), sino con un descuento en la factura mensual que ahora pago por teléfono y ADSL. Me lo explica durante unos quince minutos una operadora que cada tres segundos decía “¿vale?”. Pues vale. Creí que bastaba decir que sí. Pero no. Me pidió que le repitiera mi nombre, mi NIF y no sé si la talla de zapato. Le eché paciencia. Cuando creía que todo había concluido, me dice que me pasa con el departamento de verificación y que me van a preguntar todo lo que ya hemos hablado, pero que sólo debo responder “correcto” y “de acuerdo”. Suena una musiquita y me habla ahora un varón con acento andino. Vale. Otra vez el nombre, el NIF y lo del zapato. Y yo que de acuerdo, que sí y que vale. Me cuenta que hay que pagar la cantidad que me había anunciado su compañera más mantenimiento de línea, más dieciséis por ciento de IVA. De acuerdo. Siguiente pregunta: “¿Coinciden estos datos de factura con los que le había comunicado mi compañera?” Oiga, pues no, pero no importa, los acepto y en paz.

Sorpresa: “Lo siento, señor, tenemos que reiniciar la grabación. Conteste solamente correcto o de acuerdo”. ¿Cómo dice? Suena un pitido y vuelve la misma voz: “¿Es usted el señor Fulano de Tal?” Yo: mecagoentó, no tengo más tiempo para grabaciones. “Señor, le paso con mi supervisor”. El supervisor: “¿Es usted Fulano de Tal?”, Sí, joder. “¿NIF tal?”. Que sí, coño. “Muchas gracias, le paso a mi compañero”. Y vuelve el andino: “Recomenzamos la grabación, señor. ¿Es usted Fulano de Tal?”. ¡No quiero más grabaciones!, grito. “Señor, hemos de grabar por su seguridad y la nuestra”. ¡No quiero más grabaciones! “¿Con qué está disconforme, señor?”. Con todo, no quiero ni imagenios ni gaitas, ¡déjenme en paz! “Le paso con mi supervisor, señor”. El supervisor: “Señor, tenemos que recomenzar la grabación, le paso con mi compañero”.

Miro a mi alrededor pensando que tal vez no es real lo que me está pasando, quizá ando metido en una pesadilla con forma de bucle. Pero descubro que no es así porque en ese mismo instante Elsa, ya despierta, ha conseguido arrimar una silla a la cocina, subirse en ella, abrir un armario y destapar un tarro con sal que comienza a regar a su alrededor. “¿Es usted Fulano de Tal?”. Otra vez el andino. No puede ser. ¡Socorro! Voy a colgar, pero cuando me estoy quitando el teléfono de la oreja todavía escucho una voz desesperada que me dice “Tenemos que grabar, señor, para que no se pierda nuestra gran oferta”.

No me atrevo a hacer lo que me pide el cuerpo, que es arrancar el teléfono y destrozarlo con un martillo. Temo que de inmediato se presente en mi puerta un comercial de Telefónica y que me pregunte si soy el señor Fulano de Tal. Voy a llamar al Teléfono de la Esperanza, a ver si ahí me dan solución.

Autor Juan Antonio García Amado visto en Dura Lex.

01 noviembre, 2009

Sus muertos más frescos

Este artículo apareció publicado en El Semanal el 30 de noviembre del 2003. Lo pongo en este blog porque coincido totalmente con lo que dice Arturo Pérez Reverte en él. En España hay gente tan gilipollas que todo lo que venga de fuera y sea juerga, cachondeo y hacer el gamberro sin que tenga consecuencias lo acoge con los brazos abiertos, se llame Halloween, San Patricio, Papa Noel o La puta de oros montada en bicicleta.
Cuanto daño nos hace la jodida caja tonta.......

SUS MUERTOS MÁS FRESCOS

Una noche, justo a principios del mes que ahora termina, me vi asaltado por un grupo de niños vestidos de familia Adams, las caras pintarrajeadas de colorines, túnicas negras y gorros de punta, que llevaban una calabaza y linternas. ¡Halloween!, gritaban los pequeños hijoputas. ¡Halloween! Y cuando me detuve, rodeado como Custer en Little Big Horn, un enano de unos ocho años, disfrazado de una mezcla entre Drácula y Rappel, me miró con mucha fijeza y, asestándome el haz de la linterna en el careto, espetó, amenazador: "¿Trato o truco?". Dudé, consciente de la gravedad del asunto. "¿Qué tengo que decir?", pregunté con el viejo instinto profesional de quien pasó veinte años por esos mundos, eludiendo controles de psicópatas uniformados y con escopetas. "¡Trato!", aullaron los pequeños gusarapos. Lo dije, y todos extendieron la mano. Resignado, hurgué en los bolsillos y compré mi libertad y mi vida a cambio de tres euros y cuarenta céntimos. Ojalá os lo gastéis en reparar la videoconsola, pensé. Cabrones.



Seguí camino, y a poco me crucé con un grupo de jóvenes y jóvenas, ya más cuajaditos, que pasaban tocando el claxon de sus Polos y sus Focus, vestidos de Freddy Kruger y gritando ¡Halloween! por las ventanillas. Y me dije: rediós. Lo que hace la tele. España. Primeros de noviembre. El país de los cementerios mediterráneos, de los huesos de santo y de don Juan Tenorio, donde nunca hubo una bruja suelta porque las quemábamos a todas. Y ya ves. Ahora todos vestidos de Harry Potter y haciendo el gilipollas.

Porque ya me contarán ustedes qué carajo tiene que ver lo de Halloween con aquí, la peña. Esa murga de la calabaza es costumbre anglosajona, creo, llevada a Norteamérica por los irlandeses rebeldes que su graciosa majestad británica deportaba a las colonias con redadas de putas inglesas, para que unos y otras se aparearan cual conejos, repoblando las tierras que el exterminio de los indios -ejecutado, claro, en nombre de la razón, la libertad y el progreso- dejaban vacías. Sí. Nada que ver con los sucios y grasientos spaniards, que además de colonizar por vulgar ansia del oro, preñaban a las indias y hasta se casaban con ellas, los degenerados, llenando América de sucios mestizos que ahora le oscurecen la piel y el idioma a los votantes de Arnold Schwarzenegger o de George Bush, mis aliados predilectos. Y que se jodan.

Pero me desvío del asunto. Y el asunto es que soy consciente de que, si leen esto, mis sobrinos van a decir que el tío Arturo es un antiguo y un fascista; pero qué le vamos a hacer. Tal vez vestirse como draculines, pedir viruta o caramelos o irse a bailar y soplar calimocho disfrazados de Chucky el Muñeco Diabólico sea más divertido. A lo mejor. Pero cada cual tiene sus gustos. Puesto a manejar calaveras, prefiero el día de Difuntos mejicano, que sí es hermoso, bellísimo como espectáculo y entrañable como conmemoración, lleno de tradiciones, de arte, de sentido y de respeto. Por favor. No me comparen a una pequeña Morticia gritando ¡Halloween! como una tonta del culo, con un crío mejicano que, junto a un altar de Difuntos barroco puesto por los familiares y vecinos en la casa, la calle, la iglesia o entre las tumbas del cementerio, te recuerda que es noche de Ánimas mientras pide un peso "para la calaverita".

Y es que yo nací hace cincuenta y dos años, cuando no había puta televisión que nos contaminara de imbecilidad gringa. Así que háganse cargo. Mi infancia, he dicho alguna vez, transcurrió junto a un mar azul, viejo, sabio como la memoria, en cuyas orillas crecían olivos y viñas, y por el que vinieron, desde Levante, las cóncavas naves negras, el latín, los héroes y los dioses: todo lo que, en cierto modo, siguió luego camino hacia México y otros lugares donde hoy se habla y se lee en español. Crecí educado en esa certeza, oyendo cada noche de Difuntos -entonces esa noche aún se llamaba así- recitar a mis abuelos los versos del Tenorio, y visité con mis hermanos y mis primos, cada primero de noviembre, cementerios blancos donde mujeres vestidas de negro arreglaban ramos de flores junto a lápidas con inscripciones resignadas y serenas. Lápidas en cuya lectura aprendí, mucho antes de leer a Jorge Manrique, que la muerte no es horror, sino descanso. Así que no les extrañe que, con semejante currículum en el saco marinero -el mismo que tienen muchos de ustedes-, cuando vea a los de Halloween y a la madre que los parió, me acuerde, como en la maldición gitana, de sus muertos más frescos.

Autor Arturo Pérez-Reverte visto en XLSemanal.